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¡Eso de pedir perdón!


“La naturaleza puede ser corregida, enmendada, pues de no ser así quedaríamos sepultados bajo los prejuicios. Sin eso no habría ni un solo gran hombre”


Quien se arrepiente sin dudas tienen coraje, porque es mucho a lo que se enfrenta.


Empecemos por decir que muy seguramente el, ella o ellos, no solo conocen los hechos sino las motivaciones, la verdad del agresor, que en ningún caso debe pretender negar la verdad del agredido pero que en el acto de reconciliación podrá transformar perspectivas para construir otras historias.


Deberá enfrentarse a que, muy posiblemente, nadie crea o muchos duden de su arrepentimiento y que sea mandado a pedirle cacao al señor de los milagros, “porque solo Dios puede perdonar”, ¿solo Dios puede perdonar?


Se enfrentará a quienes no conocieren sus delitos y por el contrario hallan creído en él (ella) y en su “verdad” porque también los victimarios tienen quien les ame y quien confié en ellos; un riesgo entonces, es ser visto como un manipulador o peor…como un “marica”, porque “el arrepentimiento no es cosa de hombres”, en un mundo con tantos demonios y fantasmas como el machismo estructural, donde un término vulgar que hace referencia a la homosexualidad es utilizado comúnmente con carácter peyorativo para agredir la virilidad masculina dibujada en torno a la violencia, la fuerza y la política, y se deba “ser varón aunque se haya nacido mujer”.


Verá su lugar puesto en riesgo porque seguro, asumir la responsabilidad de sus actos tiene consecuencias, y digamos, queramos… que se aplique justicia, y este es sin duda el punto de quiebre para el que se arrepiente…el castigo. Reconocer delitos en Colombia… en todos los casos, aún más para el diferente político, yo lo temería, incluso lo dudaría, conociendo la mano dura en este país, ¿quién no?


¿Cuánto podría costarnos la verdad?


La respuestas es todo un salto paradigmático, nos enseñaron y aprendimos que a garrote a cárcel o a muerte se solucionan los problemas, y tenemos centros penitenciarios llenos de aprendices de delincuencia, llamadas extorsivas, redes de microtrafico, asesinatos, violaciones, hambre, abusos de autoridad, inocentes, y culpables, enfermos de gripa que terminan en neumonía, abusos de autoridad, tortura y otra cantidad de vejamenenes que a razón de “impartir justicia” terminamos legitimando, pues somos partidarios del chancletazo y la “volteada de mascadero”.


Para la gran mayoría de los colombianos el castigo es esencial como consecuencia y el castigo voraz, ¡para que aprenda!, se nos olvida que la violencia es el mayor generador de violencia, diría que es “asexual” pues se reproduce a sí misma en condiciones que la favorezcan.


Por tanto, el camino para alcanzar la reconciliación es largo y pedregoso, más aun si no reconocemos que entre víctima y victimario también hay una sociedad que en muchos de los casos ha aplaudido y llamado a impartir “justicia” desde la lógica de la venganza, la exposición pública y el total detrimento de la dignidad del otro.


Sería importante entonces relacionarnos con nuevas palabras, con nuevos discursos y darnos la posibilidad de aprender otras visiones de justicia, nuevas formas de entender, de relacionarnos; amnistía e Indulto por ejemplo, valdría la pena que entraran en nuestro lenguaje desde un debate consiente, razonable y sobre todo responsable, donde se construyan escenarios posibles para la paz.


Jennifer Rengifo



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