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Un Corto Recorrido con Grandes Enseñanzas


He tenido la experiencia reciente de conocer con mis estudiantes la Escuela Taller de Jardinería de Cali que funciona hace no mucho dentro del Parque de la Salud. En el recorrido por Pance con los jóvenes apasionados por la madre natura hemos tenido episodios muy diversos que vale la pena reflexionar. Va una breve nota de esta expedición:


Ante la mirada expectante de los docentes, los estudiantes expertos en temas de la tierra y la naturaleza, despliegan su discurso seguro y sostenido sobre los saberes aprendidos en la escuela. Pero antes de mencionar todo lo que aprecié a través de sus palabras, es necesario describir el panorama, triste y abrumador, que se pudo ver antes de llegar al refugio. Diez minutos o quizá un poco más, fueron suficientes para dimensionar la crueldad, el afán y la desesperación con que la administración y las constructoras de esta ciudad va consumiendo el suelo blando y fértil, dejando a su paso el asfalto inerte y una tierra apretada e infecunda. Al lado de la carretera, se erigen grandes cajas de concreto vacías a la espera de personas que pretenden comprar el silencio y la tranquilidad, a cambio de la invasión paulatina de una naturaleza que nos pertenece a todos. Una enfermedad va subiendo metro a metro hacia las montañas, una enfermedad con síntomas evidentes, una anomalía llamada progreso que se extiende derribando árboles centenarios, presionando el pecho donde las raíces se esparcen, impidiendo el menor asomo de espacio, ahogando el alimento de animales confundidos que corren sobre el asfalto.


El río suena tras el telón verde y polvoriento de la carretera, residuos de paseos esporádicos flotan sobre el agua, algunos quedan atrapados entre grandes piedras milenarias y todos somos indiferentes a su presencia. Al llegar, el refugio nos recibe con la contundencia del monte, los olores, sonidos y colores se esparcen en el aire, imponiendo su presencia para hacernos olvidar por un momento que venimos de pocos kilómetros, donde el aire es un manto tangible tejido con partículas venenosas, donde el silencio es el privilegio de unos pocos y los colores son tan difusos que perdemos la noción de su magia. Los estudiantes nos recuerdan que estamos en un sitio protegido y especial, donde una parte de la naturaleza intenta resurgir para sanar y detentar el avance de una ciudad tan cercana y distante a la vez. La expectativa de nuestra mirada se va superando poco a poco, al ver las semillas de árboles casi extintos sobre las manos jóvenes que pretenden sembrar y recuperar el tiempo que les ha arrebatado una generación ingenua, que cree en el progreso como sinónimo de devastación.


Crecen las inmobiliarias, crecen los caminos artificiales, crece y se afianza la indiferencia, y sin embargo, en medio de la ciudad inhóspita crece también la esperanza, una generación que descubre lo que siempre ha tenido a su lado, jóvenes que reclaman su derecho de seguir en el mundo, en ellos basta la simiente de una orquídea furtiva, el retoño de un árbol de la cruz para saber que aún se puede, que debemos incentivar en nuestros hijos y estudiantes, en nuestras comunidades, la necesidad de ver de frente los problemas y asumirlos con acciones.


Robert Velasco.



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