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La discusión pública: la apuesta frente a la polarización


  • “Nos vamos a convertir en una segunda Venezuela”.

  • “Ummm… por su ego Duque va a ganar, todavía está a tiempo, retire su candidatura; por qué no piensan”.

  • “No hablemos del problema de las tierras en pocas manos, eso nos lleva a polarizar, no nos permite reconciliarnos”.

  • “Ustedes son unos tibios: “ni arriba, ni abajo”, “ni contentos ni tristes”, a la hora del té no proponen nada.

  • “Ustedes apoyan a un títere, que no piensa en nada”.










Frases que se dicen en la redes, en las esquinas, en medio de discusiones, unas amigables, otras con el trato que se da a quien se considera nuestro enemigo; muchas cargadas de rabia y con ímpetu, de esperanza, de tristeza, de dolor… en fin. Lo cierto es que pocas veces en nuestra historia electoral hemos registrado tantas apasionadas opiniones ciudadanas.


Sin embargo, la gran preocupación es: es este un camino que nos conduce a la reconciliación o estamos en medio de expresiones que nos mantienen en el marco de un conflicto armado interno que aún no tiene asomos de finalizar.


Más allá de las predicciones, que son bastante inciertas, se podrían remarcar algunos asuntos. Luego de un proceso de negociación entre la insurgencia y el gobierno, es esperable que se abra espacio de discusión ciudadana sobre los rumbos del país, el problema es el marco ético-político en el cual se genere ese debate público.


En nuestro caso, pareciera que el énfasis está puesto en negar la importancia de hablar del país, de los problemas que nos aquejan, de los asuntos que son causales para tener un conflicto armado endémico, de los impactos que provocó el narcotráfico, de la degradación que introdujo el paramilitarismo, de las responsabilidades de la insurgencia, de los compromisos del sector político y empresarial, del silencio de la ciudadanía. Lo cierto es que sin abordar estas discusiones y encontrar consensos es poco probable que encontremos la ruta de reconciliación.


Probablemente hemos abierto un debate nacional sobre el país, el problema es que después de tantas décadas sin hacerlo no tenemos los espacios, los mecanismos y la cultura política para enfrentar una discusión de esta envergadura. Ese es un buen síntoma. Finalmente la política implica tramitar conflictos, discutir con el diferente, es de alguna forma una lucha agónica con el otro. Si el país es capaz de conservar esa senda en el debate electoral y mantenerla en el marco de la discusión del nuevo plan de desarrollo nacional habremos avanzado. De lo contrario, si reavivamos un periodo de violencias iremos indiscutiblemente de frente a un nuevo episodio de guerra interna. En la capacidad de abrir y mantener el debate por medios civilistas está parte de la apuesta en este período ¿no creen ustedes?


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