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Generaciones, Política y Elecciones


Las tres generaciones de políticos que hoy compiten por la presidencia en el momento de promulgar la Constitución de 1991 eran, respectivamente, adultos (De la Calle, Vargas Lleras, Clara López y Marta Lucia Ramírez), adultos jóvenes (Gustavo Petro, Sergio Fajardo y Ángela María Robledo) y jóvenes quizás (Claudia López, Iván duque y Juan Carlos Pinzón); hoy ellos y sus otros generacionales aglomerados en grandes cortes de ciudadanos votantes son adultos mayores y adultos. Por otro lado, una buena porción de los votantes son adultos jóvenes y jóvenes.


En medio de ese mosaico generacional habitan diversas dinámicas de conflicto, cooperación y/o relevos generacionales respecto a la política. Se ubica la Constitución del noventa y uno como un hito que logró generar un acuerdo o pacto político de alcances intergeneracionales; ese pacto a pesar de las guerras, las fracturas territoriales y la persistencia de políticas sociales residuales ha funcionado en algo para el país. Después hemos tenido un país fragmentado en todos los sentidos, especialmente hemos sumado una fractura generacional profunda que tiene amplias razones entre las que se pueden resaltar algunas claves:


(a) Están las claves culturales y tecnológicas, pues se han aposentado profundas trasformaciones con la emergencia de las sensibilidades globales gobernadas por el cambio de tecnologías de la información y por la reorganización de la experiencia metropolitana y del mundo del trabajo. Hoy tenemos nativos digitales, algunos migrantes digitales y analfabetos digitales, que de suyo establecen múltiples barreras y algunos puentes generacionales respecto a la construcción de la vida.


(b) Están las claves socioeconómicas que implican que producto de las medidas mercantilistas, neoliberales, en esos mundos globales se han aplazado y descuidado los futuros de por lo menos dos generaciones que con gran sufrimiento ven aplazadas las oportunidades para hacerse productivos, para hacerse ciudadanos, para encontrar manera de realizar sus derechos; la juventud ve comprometida su pervivencia y la del planeta en medio de un festival de bienestar de minorías que trasmiten espectacularmente sus modos de vida por las redes comunicacionales.


(c) La clave política que repite en casi todos los casos la destrucción de lo público, la captura y cooptación del Estado en función de los intereses privados; realidad que hace de la política un camino mafioso y un espectáculo de exclusiones y guerras fratricidas, lejanas de la idea de servicio público y solidaridad social. La política en nuestro medio especialmente ha estado más sometida a las lógicas de la guerra y de la economía mercantil que a un sentido ético y de construcción cultural de comunidad en la diferencia.


El más reciente episodio de la política colombiana que ya incorporaba a las generaciones adultas con las jóvenes, fue nada más ni nada menos que el plebiscito refrendatario de los Acuerdos de paz entre gobierno y FARC, realizado el 2 de octubre del 2016. En ese instante se pudieron observar dos breves asuntos: (1) La manipulación de las emociones sociales y políticas usando los medios de comunicación convencionales y las nuevas redes sociales en función de la defensa de intereses particulares de las elites, y (2) la gran polarización que el país tiene contenida, ligada a sentimientos desencontradas sobre los asuntos colectivos y sobre las responsabilidades que caben en la situación del país. En esa maraña, las juventudes han tenido unas expresiones en algunos casos asociadas con la búsqueda de un cambio de rumbo del país, pero también se han reconocido apatías, incluso posiciones parqueadas, atrapadas en la saga del conflicto histórico del país y en la defensa de los privilegios de unos pocos.


Las elecciones del próximo 27 de mayo, plantean múltiples interrogantes al respecto; el grueso de los votantes adultos tiene la oportunidad de hacer balances vitales de su relación con la política, revisar las posiciones que se han establecido en el pasado reciente y ojala rectificar sus decisiones abriéndose a nuevas posibilidades de cambio; las juventudes, - porque son varias y distintas-, tienen la oportunidad de ponderar nuevos caminos, de valorar las oportunidades que una u otra ruta programática de país tiene para brindar condiciones de vida. En todo caso es clave que se piensen estos asuntos desde una perspectiva histórica, de lectura del pasado y el presente; en síntesis de responsabilidad con el futuro. Solo en esa dirección el resultado de las elecciones podrá dirimir, discernir la oportunidad de un nuevo pacto político generacional que nos ponga ya y de una vez hacia adelante, a vivir la política del bien común en el siglo XXI.


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