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Huracán de Fuerza Incontenible


¿De dónde proviene la esperanza? Hablamos de ella con mucha familiaridad y a veces me parece que la tenemos guardada en el corazón. Al menos así lo creo, porque cuando siento esperanza se me aprieta el corazón. Las últimas semanas la he sentido mucho. Es como si estuviera flotando por allí, en el aire, como una energía que me arropa, como si pudiera sentir a millones y millones de personas pasando por este tránsito, por este viento reparador que es tenerla.

Cuando tenemos esperanza imaginamos, soñamos, esperamos que algo sea distinto. Y la sentimos porque reconocemos que ese algo que mencionaba no nos satisface, que preferimos cambiarlo, que es una necesidad cambiarlo, y porque tenemos la capacidad de inventar otros mundos, otras realidades en las que hay más bienestar, más tranquilidad, más plenitud.


Y entonces, sentimos la esperanza y nos permitimos vivir en ella, y viviéndola nos damos cuenta que sí es posible volverla realidad, y por eso insistimos, y por eso ella no nos abandona con facilidad, y por eso aparece cuando no la esperamos, porque, ¿cómo no hacerle caso a nuestros sueños?, ¿cómo vivir ignorando lo que imaginamos, lo que esperamos como posibilidad?


La esperanza que habito y me habita en estos días es grandota y tiene que ver con muchas cosas. Con los árboles, las aves, los ríos, las montañas, los animales; con la extinción de le retroexcavadora que se come la cordillera, del monocultivo de la caña que secó la tierra fértil y la volvió desierto, del cemento y el cemento con el que cubrimos y encerramos este nuestro mundo. Con la vida y con la alegría de compartir este planeta y esta época, como diría el cosmólogo; con el fin de la guerra, y del odio y el miedo como banderas. De ahí con cosas más mundanas, humanas, como tener salud, tener un techo donde meter la cabeza, poder estudiar, tener trabajo digno, poder vivir sin miedo a que nos maten por lo que pensamos, creemos, deseamos, somos.


Así y más esta esperanza que se ha desatado en mí, en nosotros. No siento miedo sino ganas de encontrarme con los demás esperanzados para avivar juntos este huracán de fuerza incontenible que hoy somos. No siento miedo sino ganas de seguir sintiendo este sueño colectivo que por fin pudimos apalabrar y decirnos.


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