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La Violencia Simbólica y lo Hegemónico en Colombia


En Colombia se posesiona por estos días un gobierno afirmado en la hegemonía histórica que ya tiene en sus cuentas varias debacles y fracasos colectivos; tenemos más de lo mismo, esta vez con una particular mezcla de corporativismo, de clientelas regionales y mafias locales que se han logrado sostener en el poder político y que ordenan un nuevo momento de su largo período de implantación de un régimen político que usa la democracia formal para sostener practica autoritarias y rentistas.


Los sectores que ahora pasan al tablero del gobierno nos han impuesto su propia visión del mundo en amplios trayectos de la vida nacional: la lógica del atajo, del vivo, del ejercicio de la violencia, del machismo, del usted no sabe quién soy yo, del que usa las reglas de la democracia para ejercer el autoritarismo y la ventaja ilegítima, de la indisciplina social y de la búsqueda de interés grupistas. Ellos han extendido a sus anchas la idea en uso del elitismo cerrado que todavía busca gobernarnos, lo cual hace paradójicamente nuestra sociedad ingobernable, porque ese poder añejo no logra, contener el manantial de deseos y búsquedas que la sociedad actual en toda su emergencia y diversidad expresa. Muy a nuestro pesar los grupos predominantes que arrastran el desgaste moral en sus direccionamientos, persisten en la detención del poder y lo que ha pasado en Colombia en términos de violencia y exclusión corre el riesgo de seguir pasando.


Buscar ejercer una construcción de poder alternativo frente a semejante bloque de “dirigentes” con los cuales ha fracasado cíclicamente Colombia solo se puede acometer desde la formación de una nueva configuración cultural, un nuevo ethos que trascienda las lógicas excluyentes que en todos los ámbitos privados y públicos nos circundan; es fundamental crear las condiciones para que emerja una nueva dinámica de la democracia, entendida como tejido sensible de reconocimiento social e institucional respetuoso de la dignidad ciudadana; para avanzar en ese horizonte se requiere urgentemente una nueva confluencia de actores sociales y políticos que promueva nuevos símbolos, sentidos y significaciones de la vida en todos los campos.


Este asunto no es solo una cuestión de racionalidad, se requiere también de mucha intuición y sobre todo de mucha imaginación. Exige la colectivización del análisis de los problemas, del diseño de las soluciones y de los esfuerzos compartidos para proveer respuestas, la socialización en torno a los problemas comunes y a la búsqueda razonable de nuevas formas de existencia y relacionamiento, que permita hacer una fuerza diversa que recupere el país para todos y todas.


La confrontación de los próximos años implicará la manifestación social permanente, pero especialmente la generación de un programa ciudadano desde el encuentro, que se haga pertinente desde el punto de vista social y técnico, es decir desde el punto de vista de una colectividad capaz de trabajar conjuntamente en función de bienes y propósitos comunes. La idea de hacer fiesta y tertulia en los parques y las plazas públicas será un indicador de las condiciones que tenemos al respecto; igualmente será necesario impulsar de manera más decidida una dinámica de formación ciudadana con sentido democrático, ampliamente extendida a todas las poblaciones, especialmente a las nuevas generaciones para que accedan al espacio ciudadano con capacidades estructuradas y con propuestas. En el marco de esos posibles propósitos vale la pena preguntarnos; ¿Cuáles son las alternativas culturales y pedagógicas que tenemos a mano para este momento?


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