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No soy bogotano, soy boyacense, ¡raro que en Bogotá haya boyacenses!, llegué a comienzos de los ochenta, tenía 12 años, era una época muy difícil, llegar de provincia a la ciudad nunca ha sido fácil. Pero Bogotá, a muchas familias nos acogió y desde esa época hasta hoy no he dejado de vivir en esta urbe que crece y se transforma todos los días.


En estas décadas he vivido recorriendo sus calles, transitando por sus entrañas me la he disfrutado y también la he padecido. Sin embargo, hoy me quiero referir a como Bogotá ha transformado algunas dinámicas cotidianas que a veces parecen imperceptibles, pero que evidencian cómo, no sé si por efecto de las políticas de nuestros gobernantes o por acción mágica de la tecnología o por la modernidad o la posmodernidad o por obra de qué o quién nos ha cambiado. En concreto, me refiero a como se han transformado dos prácticas y rituales urbanos con los que crecimos. Uno es el cine; otro es la dinámica de la movilidad en transporte.


El primer tema al que me quiero referir es a como se ha perdido ese ritual que era ir a cine en Bogotá. Si bien no es factible decir que eso ya no ocurre, si podemos decir que se da de otra forma, ya que desaparecieron los cine en las calles o en los barrios, los buenos, los tarros y todo se ha dado con el transcurrir del tiempo y también en parte, por el miedo a la calle. Los cines se concentraron en los Centros Comerciales, y esto no tiene el mismo encanto de cuando teníamos un espacio de cultura en las calles del centro de la ciudad, o en Chapinero o por la carrera trece o en algunos barrios, donde además, una vez finalizada la función se tenía un pretexto para el dialogo y el encuentro.


El otro cambio en la ciudad tiene que ver con el transporte público. Hace unos días salí de una reunión entre semana con unos amigos en el Centro Bavaria, el sector es cerca al Centro Internacional de Bogotá, está el Hotel Tequendama entre otros edificios representativos cerca de allí. Eran aproximadamente las 11 de la noche, salimos a tomar un bus. Hacia muchos días no salía a esta hora en este sector, la sorpresa fue inmensa pues en pleno centro de Bogotá no había un solo bus de transporte público. Hace algunos años quienes nos considerábamos noctámbulos nos ufanábamos de poder desplazarnos por la ciudad a cualquier hora del día y hacia cualquier zona de la ciudad, con mayor razón si era el centro. Esa ciudad que vivía de noche parece que ya no es igual.


Gracias al Mirador Urbano por abrir este espacio para que un habitante de una ciudad distinta a Cali, les comente sus sentires, amores, dolores, sufrimientos, padecimientos o nostalgias sobre su ciudad. Desde Bogotá, sin más pretensión que el encuentro y las ganas de conversar les propongo estas letras.

Juan Carlos Ibarra Rodríguez.


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