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Fuera Fanatismos.


Es a nuestro pesar constatable el hecho de que nuestra vida colectiva está cada vez más colonizada por la lógica del fanatismo que tiene atrapada la subsistencia nacional en medio del mismo circulo viciosos de amenazas y hechos de violencia cotidiana. Hoy, especialmente por las redes sociales, son extensas las justificaciones del exterminio y el acallamiento de liderazgos sociales, de periodistas y de los agentes públicos que se oponen a acciones excluyentes y xenófobas que se enquistan desde poderosas estructuras políticas y económicas.


En el discurrir de los asuntos comunes se nos olvida con frecuencia que un asunto es asumir, incluso radicalizar los conflictos, y otro es desbordarse en agresiones pendencieras que no aportan a transformar nuestras realidades insatisfactorias. En el espacio político actual está primando la mentira y el odio se engalana en el tratamiento de los conflictos y por esa vía se le esta echando gasolina a la violencia socio-política, al tren de la guerra. Vale la pena preguntarse a estas alturas ¿Será que no hemos aprendido de las interminables guerras que hemos estado tratando de negociar pacíficamente?


El fanatismo es una creencia exasperada e irracional en algo. Es no disponerse a someter las propias convicciones al cuestionamiento de razones. Es imponer a los otros una creencia considerada buena para sí o para el grupo al que se pertenece sin considerar otros puntos de vista. Donde el fanatismo reina difícilmente prospera el conocimiento y la libertad. En su versión más exagerada el fanatismo conduce a injusticias innombrables: guerras, masacres, limpiezas étnicas o políticas, desplazamientos forzados y despojos.


Como toda pasión ciega el fanatismo es incompatible con una ciudadanía democrática y con los vínculos de convivencia pacífica. No es sustentable la democracia con servidores fanáticos que atacan a indefensos ciudadanos, ni fanáticos dirigentes que persiguen a fanáticos enemigos. La sociedad de hoy se merece otro horizonte: necesitamos ciudadanos y comunidades de ciudadanos reflexivos, informados y empáticos con la diferencia e incluso con sus contradictores en intereses, formas de vida y entendimiento. La Colombia de hoy necesita salir de la pugnacidad vacía para tener más y mejores conflictos que alimenten la vida en común. La democracia nos demanda formar una nueva ciudadanía que escuche, argumente, exija, proponga y movilice alternativas al existir colectivo.


Pero, ¿cómo avanzar en ese horizonte?


Requerimos ser capaces de controlar la angustia que a todos nos produce el hecho de no contar con toda la razón y de pensar que el otro puede tenerla también. Por ello es clave el aprendizaje de escuchar al otro, y, en segundo lugar, asumir la disposición a admitir que los otros pueden tener razón y que su punto de vista me puede enriquecer. Enseguida entonces podremos entender que la sociedad democrática implica un proceso de formación en prácticas de poder no autoritarias y que esas prácticas comienzan por cada persona y grupo humano en sus relaciones cotidianas. Quizás es por ahí por donde tenemos que comenzar.



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