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Me too


Me too. Yo también. Claro que sí, ninguna mujer o niña se salva. Aquel día no dije mucho sobre el tema porque quería escoger una de tantas historias de acoso antes de sentarme a escribir. Y pensé, pensé mucho en este asunto, porque me enfurece y me entristece el acoso desde que era una niña, una niña muy flaca, muy bajita, muy encimismada, rara, dirían ahora, pero en ese entonces, era ese patito feo que nadie miraría. Pero no, no es lo que creen, pues las niñas "feítas" y amargadas no se salvan del acoso, no hay garantías, no hay reglas, no hay excepciones. A lo que me refiero con esta descripción, es que mi hermana, con quién siempre estaba, padecía el 90% del acoso, entonces.


Ella y yo asistíamos al mismo colegio ubicado a varias cuadras de distancia de nuestra casa y, bajo pleno sol caliente, ella, mi caballera de la Mancha y yo su escudera, caminábamos resignadas todos los días, para llegar al colegio de monjas, sí señoras y señores, encima era de monjas que ya era bastante el abuso que padecíamos allí en ese antro religioso.


Resulta que en ese trayecto de no sé cuántas cuadras que nos hacía víctimas de las inclemencias del clima en la costa caribe a pleno medio día, pero también víctimas de otra cosa, del peor de los flagelos: el machismo descarado del que no se salvan ni los animales (después les hablo de las burritas), camino de ida y camino de venida, era un solo desfile de frases de acoso, de palabras y frases soeces (que cosita tan rica, ven agarra mi verga, ven te chupo las teticas, lo que no podía considerarse, precisamente, piropo o amable cumplido) y gestos groseros dirigidos a dos pequeñas criaturas(sobre todo a mi hermana, por ser más grande y tener tetas), criaturas que apenas sí podían abrir los ojos, con las manos a modo de vicera, para ver por dónde iban y no desviarse del camino, de su temible odisea, ya que los rayos del sol, al caer directo a sus ojos, les producían una pasajera sensación de ceguera.


Pero aún así, había que permanecer al acecho, detectar abusadores, con un ojo cerrado y otro abierto. Mi hermana, la caballera de la triste figura (ah no, yo era la que tenía triste figura, pero era Sancha) más bien, mi Quijote, no era tan atenta en el colegio como sí lo era con los acosadores; estábamos entrenadas, nos cuidábamos la una a la otra. Ella, apenas veía asomar a un sospechoso, me decía con demasiada determinación para su edad: "corre, no te quedes atrás", y claro que me quedaba atrás, pues yo, respondona desde chiquitica, no me iba a quedar callada, y aquel acosador de turno, que se la dedicaba casi siempre a ella, le gritaba cosas que podrían ser inverosímiles pero no, son muy creíbles, más de una mujer lo confirmaría; y yo ni corta ni perezosa, cumpliendo con mi papel de escudera, me quedaba atrás diciéndole al infame todo lo que puede salir de la boca de una niña, flaca, callada, pequeña y tímida, pero indignada por el acoso, por el abuso de poder de los hombres, sí, eran todos hombres, viejos, jóvenes, altos bajos, pobres o no, feos, muy feos, porque la fealdad también va por dentro. Y los odiaba con todas mis fuerzas y les gritaba, les respondía, les exigía que dejarán en paz a mi hermana, que no se le acercaran y tampoco a mí, y ganas de llorar no me faltaban debido a la impotencia, los odiaba, quería poder llegar al colegio con tranquilidad, así mismo a nuestra casa, pero era imposible, el asedio y el peligro siempre estaban ahí bajo sol caliente o en medio de la polvareda de las 5 de la tarde, a cualquier hora, no había salvación, había que gritar y correr, pero nadie me iba a callar, hasta el sol de hoy (no tan caliente como el de entonces) nadie me ha callado. - Le gritamos y corremos, decía final-

mente mi caballera, pues sabía que no me iba a quedar callada. Y yo, ni corta ni perezosa, le obedecía. Aún grito, ya no corro. Ya no tengo miedo.


Renata Cabrales



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