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Frankfurt


Quiero escribir, y ¿qué escribo?

Qué cosa puede servir, para contar, poetizar o plasmar todo esto que me habita.


¿Qué me habita?


Me habita el frio, me habita el silencio, me habita cada segundo la necesidad de no detenerme ante cada oscuridad, ante cada obstáculo.


Palabras, palabras, palabras extrañas, nuevas reglas, nuevos códigos, menos calor de hogar.


Frankfurt es la casa que me acoge cuando mis alternativas terminan, cuando no me encuentro en ninguna parte.

Frankfurt me recibe, me golpea al principio, me mete en una especie de juego, donde, cada día las reglas son otras.

Y no se puede huir, no hay modo de escapar de esas plazas, esa gente.


Mi primer día de sol en Frankfurt fue maravilloso, un encanto, llevaba el cabello suelto y mi bufanda rosa y lo adoré, adoré estar tan dolida, tan rota, pero disfrutar el sol.

Y es que, en medio de todo, esto es Frankfurt; una combinación de dolor y satisfacción, de disfrute merecido o algo así.


Frankfurt y su Konsti, Frankfurt y sus bosques, sus bailes, sus restaurantes, sus amores y desamores.


Frankfurt mi hogar, mi casa, lugar de puertas abiertas cuando estaba sola, aburrida, cansada, dolida.


Frankfurt se apoderó de mí en sus colores de primavera, y su semana corta de verano, sus días de lluvia interminables.

Frankfurt con sus calles y sus ríos de gente. Me dejó perpleja con sus edificios y su fuerza para recibir y acomodar.


Su gente descomplicada, hasta el punto que puede ser descomplicado un alemán.


Y es que de Frankfurt me gustan las mañanas en las que a las 7 ya es claro y el sol atraviesa las nubes pintándolas de rosa pálido. Me gusta cruzar el pequeño bosque de camino al jardín de infantes de Lucía porque escucho el insistente canto de los pajaritos como anunciando una primavera temprana en febrero. Yo cierro los ojos por un instante y ese canto y ese aire helado me transportan a las montañas de mi tierra lejana Colombia, donde me sentaba en un banco junto a la pequeña puerta de una casa de bahareque a mirar el horizonte, con el olor a café en el aire, las masitas de harina de trigo en el aceite caliete y los huevos frescos en tortilla, ¡que delicia! Vuelvo a mí con las campanas del Döm que desde que empecé a familiarizarme con este lugar, Frankfurt, son mi llamado a casa.

Margareth Rengifo Rodríguez.


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