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La Verdad y la Mentira


El griot Souleymane contaba que hace mucho, mucho tiempo, el espíritu de la Naturaleza quería comprobar cuál, si la Verdad o la Mentira, tenía más éxito entre los humanos, por lo que convocó a las dos y les ordenó vivir entre los hombres, disfrazadas.


La Mentira escogió la forma de una espléndida flor de un perfume dulce como el del frangipani, cuyo aroma parece seguirte en las calles de Ngor; y colores tan brillantes como la flor del hibisco, con la que se hace el zumo de bissap. La Verdad, por su parte, se convirtió en un árbol espinoso de frutos amargos, seco y frágil como los pocos arbustos que crecen en el desierto de Lompoul.


A la hora de escoger, los hombres prefirieron la deslumbrante apariencia de la Mentira, que acariciaba sus sentidos con sus agradables colores y aroma. En cuanto a la Verdad, nadie se interesaba por ella: los estómagos de los hombres estaban satisfechos y nadie necesitaba sus frutos.


Pero algunos años más tarde el hambre se instaló en el país. La escasez era tal que los hombres rechazaron la vistosa flor que era la Mentira y se apresuraron a recoger los frutos que las espinosas ramas de la Verdad cargaban.


Fue entonces cuando el espíritu de la Naturaleza sentenció: “Mentira, tú florecerás sin dar jamás fruto. Gustarás a los hombres aunque nunca les harás bien. En cambio tú, Verdad, serás amarga, dura y a veces harás sentir mal pero siempre acabarás haciendo felices a los seres humanos”.


Y con esto el griot concluía su historia y dejaba que el cuento acompañara a los presentes durante el largo camino de la verdad.


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