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¿Alguien Vota?


Se pregunta mucho por la racionalidad del votante; los sentimientos y emociones del ciudadano o ciudadana sufragante son cuestionados todo el tiempo. Se suele decir: “la gente no piensa”, “se dejan engañar”, “votan sin pensar”, “por eso estamos como estamos”; también se problematiza el uso de las redes sociales y el papel de medios y productos comunicativos en la formación de la opinión política y en los efectos en la psicología de los votantes. Con este tipo de cuestionamientos se oponen inmediatamente sentimientos como el miedo o la esperanza a la máxima de la racionalidad que debe controlar y disciplinar sentimientos y pasiones; también desde esa forma de pensar se asume que el derecho a elegir es algo estrictamente personal y se llama a un trabajo de conciencia y racionalización desde cada individuo como ente aislado.


Sostengo que para el interés ciudadano que remite a una subjetividad envestida de dignidad y de capacidad de sentir, razonar y actuar en vida colectiva con otros, en comunidad y sociedad, es menester reconocer la emocionalidad y los sentimientos como un elemento fundamental en la formación de los sujetos, y sugiero que un camino errado es pretender

someterlos a la hegemonía racionalista, cuando la capacidad compartida de razonar los sentimientos y de sentir las razones, es una condición primordial para hacernos sujetos sociales y políticos. Un rasgo de ese repetido error es reducir la racionalidad a la ilustración de los individuos en el deber ser de la vida colectiva, cuando en los sentimientos y sensaciones habita una existencia común que es la base de una ciudadanía social y cultural que nos trasciende como individuos. Pensemos más en detalle esta relación entre razonabilidad y sentimientos en nuestra psicología política.

Ciertamente es mi cuerpo el que hace la fila. Claro que es la foto y el nombre inscrito en la tarjeta que llamamos cédula lo que me permite entrar a la mesa y acceder a la papelería, a un cubículo y a un lapicero para votar, pero ¿será este hecho un acontecer absolutamente individual? En otra época esto pasaba en medio de algarabías, tumultos y hasta de conatos de disputa, pero poco a poco se fue volviendo un gesto más bien burocrático, con tendencia al solipsismo, a la soledad, al gobierno del interés personal y de las más bajas pasiones y costumbres. Es verdad que uno mueve sus posaderas y ejerce su “voluntad”; son mis pies los que caminan y es mi cerebro en uso el que moviliza la opción por la que finalmente mi ser opta. No es cierto sin embargo que yo vote solo y que mi ser que es el que ejerce ese derecho lo haga de manera individual, nos arropan en ese proceso las interdependencias colectivas que nos hacen ser alguien socialmente; conmigo vota mi historia personal, no solo un programa escrito en unas docenas de páginas que generalmente leo de manera rápida; conmigo vota la ocupación por el mejor destino para mi hijo, no solo la información amañada que me entregan en los noticiarios tutelados por los poderosos; conmigo votan mis experiencias negativas y positivas con los otros, no solo el color de partido en el que esté inscrito o prefiera; conmigo votan mis amores y desamores con la ciudad y la región que habito, por ejemplo conmigo vota el carnaval afro descendiente que bulle en nuestras calles y el malestar con los gestos de exclusión y con la destrucción de los ríos, valles y serranías; así sucede en todas las experiencias personales de acuerdo a cada circunstancia.


Aquel, vota por la esperanza de volver a pasar por su finca de recreo de la cual le sacaron hace tiempo los violentos de un lado o del otro, la chica de la esquina vota para preservar un puesto de trabajo que se ha ganado a punta de la acumulación de sonrisas y de la cuenta de favores entre familiares y conocidos; el señor de barba cuidada vota pensando en el joven Marx que le dijo una tarde lejana ya del solaz estudiantil algo sobre la alienación del trabajo; la amiga vota para que la dejen tranquila en casa o en la empresa y para que no le recuerden más de donde viene la tradición política familiar; la mamá aquella vota si hay un candidato bonito, por eso el gesto de los zapatos, el cristo en la muñeca o las canas del candidato o candidata no son algo menor; estos asuntos se involucran con nuestras percepciones más arraigadas y a veces más desconocidas para nosotros mismos. Hay damas y caballeros que gustan de optar por el que sea más moderno o más moderna, les gusta los políticos metropolitanos; hay quienes votamos con el recuerdo, con la memoria en la mano agarrando el lapicero, hay quienes reciben fuerte influencia de su oficio, de su profesión u ocupación para decidir a quién apoyan. Observo que es bueno saber de la biografía de los candidatos, pero también es bueno saber de nuestras propias biografías personales, familiares, vecinales, locales, ciudadanas para tomar decisiones en política; ya decían los filósofos griegos de la época antigua que la forma más práctica de asumir la Res publica, los asuntos públicos y ciudadanos, es auscultando sobre sí mismos y sobre nuestros entornos, cuestionándonos sobre las razones y motivaciones de nuestras vidas. En ese sentido, vale la pena reflexionar ¿Cómo están dispuestas nuestras existencias en este momento electoral?, ¿cuáles son nuestros anhelos y apuestas hoy respecto al país que nos acoge?, ¿cómo se han formado en cada persona esas imágenes de deseo colectivo que bordean la decisión política?


Volviendo al asunto de los sentimientos y la política, mucho se ha dicho de la producción del miedo y de la manipulación de las emociones políticas por estos días en Colombia; todas y todos en estos tiempos votamos en alguna medida incididos especialmente por la industria informativa y del entretenimiento, cierto es que el primer lugar en esos menesteres, aunque no es el único ni el más sofisticado dispositivo de manipulación existente, se lo llevan las redes sociales y sus usos en las estrategias de marketing político; es veraz que el indicio de la pos verdad nos llama la atención sobre la proliferación de mentiras y miedos en el aquelarre informacional de estos tiempos, al respecto es sano recordar que la información tan necesaria, no es el único insumo de decisión, cuentan mucho los esquemas de comprensión de la experiencia social compartida. Es, en síntesis, de gran preocupación la manipulación de las emociones, y es urgente el llamado a encontrar alternativas a la lógica del engaño y la mentira que campea en el ambiente cotidiano como signo de una gran decadencia política; pero quizás esa inquietud puede ir en la dirección equivocada, sesgando y jerarquizando la relación entre sentimientos y razonabilidad humana; lo que no se puede hacer de manera ligera es sacar las emociones y los miedos de la elección porque hay proyectos de miedo y muerte acechándonos, oponiéndolos de manera externa a la razón como metáfora de luz, al ejercicio de la racionalidad; la política como todo en la vida, involucra los sentimientos y las pasiones, pensamos con ellos, razonamos con ellos, no contra ellos; por eso es posible afirmar que razón y pasión tienen que hacer las paces para nuestro bienestar moral y político, tenemos que sacar a bailar la pasión y la razón en estas ocasiones; en nuestros espacios domésticos de vida hay que apalabrar nuestras preferencias, escuchar las de los seres cercanos, ilustrarnos sobre nuestras tejidos de deseo colectivo pues en esas cotidianidades sentidas y pensadas es que emergen las bases de la convivencia, la solidaridad y la posibilidad de las éticas ciudadanas y de formas emancipadas del poder frente al autoritarismo, la discriminación, el machismo y las burocracias que se apropian y cooptan el poder para sus intereses particulares. Por esa razón es muy importante pensar en la vida pública, en los programas de gobierno, en el diagnóstico del país, en las necesidades ciudadanas, en las garantías para ejercer el derecho, en las causas en las cuales podemos militar y que nos movilizan a actuar en estos cambios de poder político; pero quizás lo que más requerimos para el actuar ciudadano es reflexionar sobre nuestras propias motivaciones, sobre nuestros sentimientos más íntimos, sobre nuestras convicciones y dudas, porque ellas son las que movilizan nuestros hábitos, nos orientan hacia decisiones y prácticas concretas; si no las pensamos, podemos estar tomando decisiones muy informadas, pero distantes de nuestros propios deseos, intereses, anhelos y esperanzas. Vale aquí la pregunta ¿qué tanto razonamos nuestros sentimientos, nuestras intuiciones y proyecciones políticas en nuestros espacios de vida compartida, con la pareja, con los amigos, con los familiares, con los vecinos y compañeros de vida?


La ciudadana, el ciudadano que hoy no somos, la ciudadanía alternativa que clama por nacer en mí, en vos, se levanta a votar, ejerce el derecho al voto que se vuelve un dato, una suma en el guarismo electoral y queda como simple usuaria de un dispositivo político un poco incierto, pero si queremos hacer una pequeña revolución ciudadana en Colombia, si queremos que valga realmente ese voto, tenemos que votar pensando en primer lugar en nuestras sensaciones, cuestionando nuestras propias convicciones, valorando las influencias sociales que nos movilizan, las imágenes del poder que nos motivan, así quizás podremos desnaturalizar la violencia política de nuestros entornos, la exclusión social, el estigma cultural, la intolerancia política arraigada en nuestros sentimientos y pensamientos. Entonces podremos votar acompañados, no solos, en comunidad, pero en libertad, por una opción de poder menos vertical, en la cual la representación política se afirme y valide en una democracia que no delega de manera absoluta el poder constituyente porque abre marcos de participación colectivos y cotidianos que nos incitan a abrazar un sentido solidario y emancipado de vida, incluso yendo más allá de los marcos normativos de la institucionalidad existente. Se puede si salimos de la algarabía de los fantasmas y los miedos que nos separan en jueguitos clientelistas, y le ponemos cuerpo y música a la coexistencia que nos abruma para hacerla más conviviente.


Este pequeño discurrir memorioso para preguntar a varias voces ¿con qué sentimientos y razones estamos votando en este momento histórico tan definitivo para la vida personal y colectiva?, ¿Cuál es la música, el gesto, el ritmo que puede hacer sonar lo mejor de nuestros compromisos y responsabilidades con la vida en el país, exorcizando miedos e individualismos?




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